En el norte de la provincia de Neuquén, donde el silencio se impone y el otoño avanza entre ocres y amarillo, emerge un destino único: Aguas Calientes, un escenario natural donde la fuerza de la tierra se manifiesta en estado puro.
Llegar al lugar es, en sí, toda una experiencia. Ya sea desde Varvarco -por la Ruta Provincial Nº 43- o desde Tricao Malal -por la Ruta Provincial Nº 68-, el recorrido elegido involucra valles abiertos, ríos de montaña y formaciones rocosas que proporcionan postales extraordinarias.
Con más de 92.000 hectáreas protegidas, este territorio resguarda al imponente Domuyo, la cumbre más alta de la Patagonia que, con sus 4.709 metros, domina el horizonte. Pero aquí la montaña no solo se eleva: también late. Asociadas a su sistema volcánico, emergen manifestaciones geotérmicas únicas en el país: géiseres, fumarolas y cursos de aguas termales que brotan entre vapores, creando un paisaje casi surrealista.
En el Área Natural Protegida Domuyo, Aguas Calientes brinda la posibilidad de sumergirse en aguas termales naturales al aire libre, rodeado de un entorno agreste y silencioso. El contacto directo con el calor de la tierra, en contraste con el aire puro de la cordillera, convierte cada baño en una experiencia profundamente revitalizante.
A pocos kilómetros, sitios como Las Olletas y Los Tachos revelan la intensidad de este fenómeno natural, donde el agua hierve y la roca respira, ofreciendo postales únicas para quienes buscan asombro y conexión con la naturaleza.
El Domuyo también es cultura viva. Durante el verano, el área se llena con el ritmo ancestral de la trashumancia, cuando familias crianceras trasladan su ganado hacia las veranadas, manteniendo una tradición que define la identidad del norte neuquino. Y cada año, la Capilla de Ailinco convoca a peregrinos a caballo, fundiendo la fe con el paisaje.

