Las truchas de Bella Vista ya integran la carta de las hosterías del Alto Neuquén

Entre el manantial de Bella Vista, las cocinas de Manzano Amargo y las rutas del norte neuquino, se arma una trama sencilla y poderosa: producir cerca, cocinar con sentido, recibir al visitante con algo verdadero.

La historia empieza en el agua. En el paraje Bella Vista, en el norte neuquino, un manantial brota entre piedras basálticas con la misma temperatura todo el año. De ahí salen las truchas de Piedras Meonas, un criadero que vuelve a poner en movimiento una idea vieja y persistente: producir desde el territorio, sin forzarlo.

Alrededor de esa agua se arma una trama sencilla y poderosa. Un productor local, hosterías del Alto Neuquén y cocinas que eligen trabajar con lo cercano. Trucha criada acá, cocinada acá, contada acá. No como moda, sino como continuidad.

Después viene el paisaje. La cordillera baja, los pueblos chicos, las distancias largas. Huinganco, Villa del Nahueve, la Ruta 43 como una línea que no apura a nadie. En el Alto Neuquén el tiempo no corre: insiste.

En este rincón de la provincia, el agua ya no es solo paisaje. Es trabajo compartido, mesa común y una forma —modesta pero firme— de imaginar futuro sin traicionarse.

El Alto Neuquén nunca fue un lugar inmóvil, aunque a veces lo parezca. Acá siempre se trabajó con lo que había: ganadería, monte, madera, oficios aprendidos mirando hacer. Producción a escala humana, sin épica y sin atajos.

En la década del ´60, cuando la minería cayó y la ganadería dejó de sostenerlo todo, hubo quienes eligieron quedarse y pensar alternativas. Don Temístocles Figueroa y su hijo Rogelio impulsaron entonces un vivero comunitario que empezó con seis personas y llegó a emplear a más de ciento sesenta. De esa experiencia nacieron el primer bosque comunal del país, nuevas actividades productivas y también una piscifactoría. La trucha ya estaba ahí, mucho antes de este presente.

Con el tiempo, el Alto Neuquén sumó turismo, gastronomía y producciones con identidad, apoyadas en lo de siempre: agua de calidad, clima de cordillera, saberes locales y una escala que obliga a cuidar lo que se hace. En ese recorrido, Piedras Meonas no es una excepción, sino continuidad.